Lo encontré dando vueltas en su moto. Dios, como me gustan estas sorpresas que me regalan las calles de vez en cuando. Yo andaba por ahí sin pensar en nada y lo ví pasar por la esquina, me vió pero iba un poco rápido y no pudo detenerse por el semáforo. Enseguida supe que era él, el tiempo no ha pasado para él, esta tal cual lo recordé siempre.
Me alcanzó después de dar toda la vuelta a la manzana. Cuando lo ví estacionando delante de mí no sabía bien como saludarlo, que decirle.
El sonreía, creo que yo también, me acerqué y nos abrazamos fuerte. Fue bueno encontrarlo. Realmente bueno.
Me contó que había venido a buscarme varias veces, que preguntaba por mí en todas partes, averiguando siempre cosas distintas, que lo confundían y llegó a pensar que todas eran ciertas: que había vuelto al litoral, que me mudé de casa, que cambié de trabajo, de zona, que estaba embarazada (?) que había muerto (!) y que estaba en la cárcel (muerta?)
Monté su moto y salimos a vagar. Que fríooooooooooo. Sentí tanto frío que me reía a carcajadas como una demente mientras el aceleraba y hasta creí que podía morir esa misma noche, estrellada y feliz, aplastada pero feliz, chamuscada, raspada, quemada, de cualquier manera hubiera estado bien.
Después de un rato aparecimos en caballito y nos bajamos en un café.
Me contó que se fue un tiempo a recorrer el sur con la moto, también había estado en Mendoza y en San Juan. Anecdotas de las montañas y los caminos de ripio. Alucinantes.
Me dijo que se fue con planes de quedarse a vivir en alguna parte pero que después de un tiempo se había dado cuenta que no había lugar mejor que Buenos Aires de mierda.
Todos esos hermosos paisajes, la naturaleza, la paz de cada pueblito, la vida sencilla y sin preocupaciones trascendentes, todo eso después de unos meses te aburre de muerte.
Y uno vende su alma al diablo por una dosis de esta Buenos Aires de mierda.
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